¿Construyes o plantas?

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“Un texto anónimo de la tradición dice que cada persona, en su existencia, puede tener dos actitudes: Construir o plantar. Los constructores pueden demorar años en sus tareas, pero un día terminan aquello que estaban haciendo. Entonces se paran y quedan limitados por sus propias paredes. La vida pierde el sentido cuando la construcción acaba.

Pero existen los que plantan. Éstos a veces sufren con las tempestades, las estaciones y raramente descansan. Pero al contrario que un edificio, el jardín jamás para de crecer. Y, al mismo tiempo que exige la atención del jardinero, también permite, que, para él, la vida sea una gran aventura.

Los jardineros se reconocerán entre sí, porque saben que en la historia de cada planta está el crecimiento de toda la Tierra.”

Hace ya por lo menos 15 años que leí por primera vez la historia de Brida,  narrada por Paulo Coelho en su novela del mismo nombre y en la que nos cuenta como la joven de 21 años de edad conoce a un mago al que pide convertirse en bruja.

“Los jardineros se reconocerán entre sí, porque saben que en la historia de cada planta está el crecimiento de toda la Tierra.” – Brida

De las numerosas frases del libro, que bien podrían haber sido utilizadas para mémes en las redes sociales, me quedé con el pasaje que os he compartido al principio.

¿Por qué lo he hecho? Esta semana me he encontrado con el post Buscando la excelencia de Mercé Roura y no he podido evitar acordarme de aquellas líneas que hace mucho tiempo subrayé a lápiz en el libro, y que para mí, sin duda, constituyen una de las mejores metáforas sobre  la diferencia que existe entre la excelencia y la exigencia (perfección).

También me he acordado de Lola Gómez, una de las personas de las que más he aprendido de gestión de la calidad y mejora de procesos, y liderazgo práctico efectivo. Lola, allá por el 2004 cuando comenzábamos a implantar el sistema de gestión de calidad en el servicio jurídico y de contratación de la organización en la que colaborábamos juntos, me dijo: “Con lo que vamos a trabajar es con la excelencia. Y tranquilo, la excelencia no es más que hacer las cosas lo mejor posible, en el momento en el que nos encontramos y con los recursos de los que disponemos; para luego medir, aprender y seguir mejorando.

La excelencia es un jardín que crece y se desarrolla poniendo a su servicio nuestras mejores capacidades, competencias y habilidades.

Tiempo después, me di cuenta que ella me había dado las primeras herramientas para cultivar el jardín del aprendizaje y la mejora en la organización; y también, porqué no, en el ámbito personal.

La excelencia es un jardín que crece y se desarrolla poniendo a su servicio nuestras mejores capacidades, competencias y habilidades; a cambio “nos ofrece importantes frutos que están relacionados con el aprendizaje, la creatividad y el crecimiento personal”  [Guarnieri, S.y Ortiz de Zarate, M. (2010) No es lo mismo. Madrid: Editorial LID].

Por el contrario, desde la exigencia no buscamos tanto el hacer las cosas lo mejor posible sino el hacerlas perfectas.

¿Existe la perfección?

La perfección parece que consiste en construir un edificio que no existe y que al final lo único que nos devuelve es estancamiento y poca longitud de miras. Los muros son demasiado altos y nos dejan pocas vistas. Quizás, eso sí, conseguimos un edificio estupendo, increíble… pero sin ventanas y puertas por las que las nuevas ideas y necesidades puedan colarse.

Nos instalamos entonces en la queja, en el reproche, en esos “podías haberlo hecho mejor” o “podías haberte esforzado más”, sin darnos cuenta que hemos sido nosotros/as los que a base de pico y pala y mucho cemento, a veces hormigón, hemos construido la fortaleza inexpugnable que nos rodea. El error es vivido como un castigo.

¿Qué nos permite la excelencia?

Darle la vuelta a la tortilla, hacer de los errores lo mejor que nos podía haber pasado en nuestra vida o en nuestra organización.

El error, esas fantásticas “no conformidades”, es parte de las acciones que llevamos a cabo y puede ser visto como una oportunidad para detectar si efectivamente vamos por el camino que nos hemos marcado, para medir el grado de cumplimiento de nuestros objetivos, para mejorar de forma continua y sobre todo para dar valor del bueno a esa frase, tan común y verdadera, que dice “de los errores se aprende”.

El error, esas fantásticas “no conformidades”, es parte de las acciones que llevamos a cabo y puede ser visto como una oportunidad.

Y es que “lo imprevisto, como dice Mercé Roura, es tan necesario como lo conocido”. Es lo que nos permite seguir creciendo y viviendo la aventura del jardín.

¿Qué resultados podemos tener cuando cultivamos el jardín de la excelencia?

  • Mejorar y añadir valor a nuestras relaciones, ya sean personales o con nuestros/as clientes. Estamos abiertos/as a sus necesidades y expectativas.
  • Podemos obtener un impacto positivo en el mundo que nos rodea. Tenemos claro nuestros valores, nuestra misión y visión y los compartimos.
  • Ponemos en práctica nuestra capacidad de resiliencia y sabemos adaptarnos a los jardines y cultivos de las demás personas y/u organizaciones.
  • Dejamos que florezca semillas como la creatividad y la innovación, he incluso podemos generar alianzas con otros jardineros/as para cooperar y obtener resultados alternativos a los que tenemos normalmente.
  • Generamos compromiso y responsabilidad a las personas con las que compartimos el jardín, incluso somos capaces de delegar las tareas de cuidado del mismo.
  • … “el jardín jamás para de crecer.

Y es que la excelencia es una actitud, es estar dispuesto/a, como decía Abraham Lincoln, a dar lo mejor de sí mismo/a todos y cada uno de los días. Dicho de otro modo y permitidme la licencia, a poner todo el corazón y pasión en el asador 😉


 

Y tú, cuéntame ¿Eres más de ladrillos o semillas? ¿Construyes o plantas?

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